El saltó de un muelle, sin decir su nombre.
Su corazón estaría por debajo de su piel, pero solo sería un músculo.
Ahogó sus penas de amor en un acuario inmenso, donde los peces devoraron sus entrañas.
Empezaron por su estómago, luego por sus pulmones.
Sentía terrible pánico por la soledad o aún peor haber estado con alguien a quien amaba, cuidaba y a quien quería ver antes de que el sol muriese en el horizonte.
Ella nunca apareció.
El nunca vio aquel atardecer.
Vio otras tardes hermosas, pero hoy estaba solo, ya no era lo mismo.
Antes de cometer su no esperada decisión, se sentó a pensar sobre la vida, sobre lo que hizo para el mismo y lo que esa persona hizo por el.
No podía masticar esas palabras que ella le había dicho. No podía descifrar el código que lo mantendría vivo por mucho mas tiempo.
Se sintió invadido por un vacío interminable.
Ya no quería padecer ningún síntoma relacionado con el amor.
Creía que el amor no solo era parte de su cuerpo sino que su parte interna junto con ventrículos y venas ya estaba muerto.
Las palabras de su amada resonaron en sus oídos, repetidas veces decían: " No quiero que sufras por mi, quiero que te alejes porque ya te provoque demasiado dolor ".
Cada minuto se le hacia eterno, cada segundo incontable.
Suspiraba y el bombeo de su corazón latía a pasos agigantados.
Su pecho le producía puntadas como si miles de alfileres cayeran sobre el.
Sus ojos pasaron de ser miel a ser transparentes de tanto que lloraba. Se le nublaba la vista, se le pegaban las pestañas y su rostro quedaba bañado en sal.
Aún sentado en uno de los bancos de madera que daban al mar, se despidió sutilmente de esas cosas que no iba a volver a ver.
Así como de los colores del atardecer o de los sonidos típicos de una zona costera.
Se levantó, se paro sobre una baranda, caminó sin mirar abajo y saltó.
Solo quedaron sus marcas de las suelas de los zapatos que usó por última vez..
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